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Lo que calla la vagina

Cuando leí el libro Monólogos de la vagina de Eve Ensler, me sorprendió bastante que lejos de ser un libro lleno de historias eróticas, es un libro de historias dolorosas que buscan ser reparadas a través de la palabra. Desarrollamos la capacidad de hablar desde muy temprana edad, como un estímulo del pensamiento que surge a partir de la interacción con el entorno. Comunicar lo que sentimos, lo que pensamos, lo que queremos, se convierte entonces en un desafío, pues la mayoría de mujeres tenemos implantadas varias creencias que sugieren que al hacerlo, podemos vernos caprichosas, histéricas e incluso se puede llegar a poner en duda nuestra salud mental. 

Mi madre falleció  joven y aunque tuvimos una buena relación, poco hablamos sobre sexo, así que mi conocimiento en la adolescencia fue a través de otras personas, amigas, primas y la televisión. Ya existía el internet pero la información no estaba tan abierta. Y ni hablar del colegio, que preferían apartar a las niñas embarazadas por ser “un mal ejemplo”. Así que sí, de alguna manera nuestra vagina ha sido silenciada por años.

Era impensable preguntarle a una abuela acerca del sexo y todo lo que uno podía escuchar es que era pecado. Nadie hablaba de lo placentero, nadie hablaba de la relación del sexo con la creatividad, nadie hablaba de lo liberador y sanador que puede ser el sexo para una mujer. No, el sexo era un tabú, incluso podía ser considerado motivo de vergüenza, eso en pleno inicio del siglo XXI y en una cultura que se consideraba libertina por mostrarnos mujeres semi desnudas en los videos musicales o en los comerciales de cerveza. 

La doble moral siempre ha existido, en aquel entonces nos presentaban modelos con cuerpos esculturales que evocaban toda clase de fantasías para los hombres de cualquier edad, pero de quienes también  las malas lenguas vociferaban mitos y chismes acerca de su vida privada poniendo en tela de juicio su vida sexual. Desde entonces vivimos en un conflicto entre el deber ser y el querer ser. El juicio de valor dependería de nuestro mentor, porque solo a través de los años podríamos encontrar nuestra propia voz y construir un criterio propio acerca de la virginidad y la sexualidad. 

Si bien hoy en día nos encontramos con la saturación de información y hay que ser muy cuidadosos con lo que consumimos y compartimos, también siento que como mujeres tenemos más libertad para expresarnos y elegir desde nuestro deseo propio. Los estereotipos existen y seguirán existiendo, pero está en cada uno de nosotros derrocarlos de nuestros propios pensamientos, mientras sigamos juzgandonos a nosotros mismos, seguiremos cayendo en estos “ismos” que nos segregan entre unos y otros. 

Nuestro cuerpo nos habla, nos comunica de muchas maneras, a través de dolores o enfermedades, y nuestra vagina ha callado más de una vez. Ser libre sugiere entonces tener la potestad de elección, algo que nuestras ancestras, en su gran mayoría no tuvieron; abuelas a las que obligaron a casarse muy jóvenes y a ser madres a una edad muy temprana, madres que callaron falta de placer por desconocimiento o por la creencia que una mujer sólo debía satisfacer a su esposo. Matrimonios arreglados, hijos no queridos, abortos obligados y así podría seguir enumerando los secretos que una vagina puede guardar. 

Creo en el poder revolucionario que tiene el sexo en la mujer, nosotras somos quienes elegimos, no nos eligen, nosotras creamos y damos vida, la sensualidad y el erotismo de las mujeres es muy poderoso y con esto no quiero hacer  apología al falso empoderamiento que se vende hoy en día a través de las redes sociales que insta a las mujeres a usar su cuerpo como objeto para generar ingresos, no. 

Sanar a nuestras ancestras por medio de la libertad, el gozo y el disfrute, sin culpas, sin miedos, escuchando a nuestra vagina y amarla como amamos todo nuestro cuerpo. El tabú nos ha llevado a dejarla a un lado, generalmente nos enfocamos en el rostro que es nuestra carta de presentación o en que nuestro cuerpo se vea armonioso y atractivo o en que nuestra mente contenga la mayor cantidad de información posible para ser ese ideal de mujer. Tal vez la pregunta sea entonces ¿soy mi propio ideal de mujer? 

A veces pareciera que nos enfrascamos en cumplir las expectativas de los demás y no las nuestras, es por eso que mi invitación es a escuchar a nuestra vagina, cumplirle los deseos, dejarla que se exprese y no cohibirse, disfrutar del sexo con libertad bajo todos los esquemas de protección, por supuesto, porque escucharla también es cuidarla.

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