Foto de Alejandra Quiroz en Unsplash

Marionetas del tiempo

Recuerdo la primera vez en que nuestras miradas se cruzaron. Yo caminaba rápido, con ese afán sin dirección, esa prisa por llegar a un destino incierto. Él, en cambio, se mantenía sereno, parecía presente con su mirada fija y cautivadora. Y así, en ese instante, aterricé en el presente. Sus ojos café oscuro con un tinte de miel trazaban un mapa en su iris, tal vez el mapa para llegar a su alma.

Recuerdo estar en un lugar lleno de gente y verlo en el otro extremo, pero en ese instante en que nuestras miradas se encontraron, el resto del mundo desapareció. Fueron unos segundos, unos minutos o tal vez una eternidad; no medí el tiempo, no lo necesito cuando estoy junto a él. 

Volví a ese mismo lugar varias veces, durante días y semanas, con el deseo incesante de verlo de nuevo; no lo vi, y no volví. Tenía poca paciencia para esperar; de nuevo la prisa, el afán, la incertidumbre, esa ansiedad que me abre un hueco en el estómago, que golpea el piso con mi pie y crea un sonido continuo; mis ojos rápidamente hacen una búsqueda entre las miradas. No tengo tiempo que perder, aunque tampoco lo gano. El tiempo es relativo, a veces dudo que exista, y aún así, nos creemos sus dueños, cuando solo somos sus marionetas.

Aquellos ojos los sigo viendo en mis sueños, tenemos encuentros allí, en ese espacio donde habita lo imposible. En cada nuevo encuentro lo siento más cerca, siento cómo sus manos rozan las mías, siento el calor de su piel, siento sus labios acercarse a los míos. Mi mente inquieta y envidiosa me trae a la realidad y despierto, o duermo, no lo sé, tal vez la realidad es de la que escapamos y no la que vivimos. 

En cada encuentro conozco algo nuevo de él, su sonrisa, esa que me invita a quedarme, esa que me llena de alegría, que me permite ser. No quiero despertar, quiero quedarme allí, en ese espacio, en ese tiempo donde todo es posible. 

Las miradas se cruzaron de nuevo y se detuvieron en ese instante; nuestras almas se reconocieron y su cuerpo se fue acercando lentamente al mío. Sus labios no tardaron un instante en tocar los míos, nuestras pieles se fundieron cuando su pecho tocó el mío. Sus labios comenzaron a recorrer con exactitud cada parte de mi cuerpo, cada cicatriz la iba sanando. Mientras sus manos tocaban una melodía en mi interior. Esa música que solo estando juntos podemos oír. 

Poco a poco se fue adhiriendo, con la finura y precisión de quien conoce el camino. Nuestros cuerpos se compenetran con el ritmo de la melodía que va marcando mi ser. Mis manos recorren su cuello, reconocen su cara, mientras mis piernas aprietan sus muslos hacia mí. Gira mi cuerpo para recorrer mi espalda con sus labios, hace una pausa para contar mis lunares y retomar el ritmo. Me besa como quien saborea una exquisita miel, con ternura y deseo. Siento su respiración jadeante y caliente en mi oído, todo formando un conjunto de perfectas notas musicales que armonizan una melodía, la nuestra. 

Sin prisa y sin afán, en ese instante entendí cómo se siente estar presente. Sus besos hablan sin pronunciar palabras. Con cada encuentro el deseo se hace más intenso, cada beso y cada caricia me liberan, aunque estoy atrapada en una realidad de la que no quiero escapar. 

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