sasha-freemind-Pv5WeEyxMWU-unsplash

El oficio de pensar

Últimamente me he encontrado bastante con la filosofía, ya sea por libros o por contenido en redes, paradójicamente gracias al algoritmo. Leyendo algunos planteamientos llegué a la conclusión de la importancia del oficio del pensador. Ese oficio que estamos obviando, evadiendo e incluso evitando. 

Hace unos meses viví varias pérdidas al mismo tiempo, entre esas el fallecimiento de mi abuela paterna, me sentí destrozada, quebrantada y sin un ápice de ánimo para continuar. Las palabras de aliento que recibí por parte de un familiar fueron: “Sí, a ti te han pasado muchas cosas, pero hay gente que le va peor” y luego remató con: “Deja tanta terapia, deja de pensar tanto”. 

Confieso que me dio rabia, porque me sentí humillada. Abrí el espacio y me permití ser vulnerable esperando tal vez un abrazo o  un tú puedes, sigue adelante. Pero sus palabras me molestaron tanto que me llevaron a pensar, sí, qué ironía, justamente a pensar ¿por qué no quiere que piense “tanto”? Y es que pensar está asociado con «no hacer»  y en una sociedad productiva “el que piensa pierde”. 

Pensar implica cuestionar y lo que menos le gusta a este sistema es que existan personas que confronten, que cuestionen y que tengan la capacidad de discernir y por supuesto que la tecnología está bien entrenada para eso, para decirnos siempre lo que queremos escuchar. 

Llevo muchos años haciendo ese trabajo interior, una confrontación conmigo misma para encontrar qué es lo «que no funciona en mí», que estoy haciendo mal para que mis resultados solo sean pérdidas. Y ahí aparecen los comentarios: “Tienes un trabajo inestable, dedícate a otra cosa, busca algo fijo, consigue una pareja, deja de pensar”. Y de nuevo me aborda la ira, a algunos les doy explicaciones mientras intento consolarme diciendo: “Si no fuera por mi terquedad no habría logrado lo poco que he logrado”. 

Mientras me deshago y dejo salir la rabia que me invade, me doy cuenta que no puedo cambiar la percepción que ya tienen de mí, así me gane un Nobel de literatura o un Oscar; mientras yo misma siga esperando que me vean diferente. Y seguí pensando… Porque sí, es lo que sé hacer, o lo que aprendí a hacer, sin ningún título universitario, con mis experiencias de vida y mis errores infinitos. 

¿Y si en realidad he estado haciendo ese «trabajo interno» para pertenecer, para ser parte de, para agradar, para obtener ese «resultado» que valide lo que el éxito significa para ellos: cada, carro, títulos, familia, estatus. Pero la vida en su infinita sabiduría me lleva de nuevo a esa confrontación, porque mi verdadero «hater» puedo ser yo misma. Entonces traigo a colación todas las lecturas que he hecho y aunque suene un poco a libros de superación personal: “La única que puede darse la aprobación que busca soy yo”. 

A la mente hay que entrenarla porque es muy fácil caer en el abismo existencial de seguir buscando la solución al problema del «YO» solo porque no encajamos en la definición de éxito de una sociedad extremadamente productiva y enferma de aprobación. 

Como seres humanos tenemos el deber de pensar, por eso nos fue entregado ese don, esa capacidad de pensarnos como seres y como sociedad. No dejemos nunca de pensar, lo único que la IA no podrá hacer por nosotros es pensar, a menos que dejemos de hacerlo y ahí sí le entreguemos ese poder. 

Añadir un comentario

No se publicará tu dirección de correo electrónico. Los campos obligatorios están marcados con *