“A palabras necias, oídos sordos” solía decirme mi abuelita Tatis. Por mucho tiempo me obstiné tanto en hacer las “cosas bien” y por darle gusto a todas las personas que han opinado y que aún opinan sobre mi vida, que dejé de darme gusto a mí. No sé en qué momento me convertí en ese personaje que buscaba la aprobación de un montón de p ...


