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Soy libre por mi abuela

“A palabras necias, oídos sordos” solía decirme mi abuelita Tatis. Por mucho tiempo me obstiné tanto en  hacer las “cosas bien” y por darle gusto a todas las  personas que han opinado y que aún opinan sobre mi vida, que dejé de darme gusto a mí. No sé en qué momento me convertí en ese personaje que buscaba la aprobación de un montón de personas que jamás se han tomado la molestia siquiera de escucharme, que siempre han lanzado juicios desde su  nivel de consciencia enaltecidos por la soberbia de creer que los títulos, el dinero y “el éxito” son garantía de superioridad. 

En mis pocos años de vida y tras muchas pruebas de dolor, pérdidas, caídas y demás, he aprendido que nadie podría haber hecho las cosas mejor que yo, y no porque lo hiciera perfecto, sino porque ese era mi camino, es lo que debo vivir para llegar a donde tenga que llegar. Soy la única que conoce su proceso y  Dios sabe la cantidad de  lágrimas que he derramado y todas las veces que le he pedido que me sostenga porque no puedo más. 

En una de las últimas conversaciones que tuve con mi abuelita, me expresó su cansancio y su deseo de partir pronto para encontrarse con el alma de mi abuelito; le dije que también quería irme con ella, pero me dijo que no, porque puedo trabajar en lo que yo quiera. Y sus palabras no hablan simplemente del trabajo que representa una remuneración económica, sino de mi anhelo por cumplir un sueño. 

Las mujeres por muchos años han tenido trabajos precarios y mal remunerados, otras mujeres como fue el caso de mi abuelita Tatis que trabajan en el hogar, porque sí, ser ama de casa es un trabajo; la crianza y el cuidado son un trabajo. Ella más que nadie sabía todo lo que yo he luchado por ganar un lugar y un espacio dentro de un sistema que cada vez nos exige más a las mujeres que a los hombres, porque debemos cumplir con la expectativa de una “buena mujer” que puede con todo. Eso sí, bonita, educada y obediente. 

Por fortuna, NO LO SOY. Soy la peor mujer, la que sacó una carrera a pulso trabajando,  sin terminar la Universidad porque “no me sacrifiqué” lo suficiente, soy la mujer que cuidó de sus hermanos, pero no aportaba dinero porque no trabajaba. Soy la mujer que llora, que grita, que pelea, sí, soy “histérica” y grosera. Soy la mujer que intentó ser como ellos para que la respetaran.Quise encajar y caber en ese molde que exige la sociedad, pero fue agotador. No sirvo para ser esa mujer que quieren que sea. 

Mi abuelita Tatis se rebeló por amor, se casó con el hombre que amaba y no con el que le imponían.  Amaba profundamente a sus hijos, tanto que pedía perdón en nombre de ellos aunque nunca supieron que lo hizo. Mi abuelita me enseñó muchas cosas, entre esas a cocinar, yo era como una sou-chef para ella. Me enseñó el autocuidado, como a lavarme la cara con agua fría. Por ella también aprendí a cuidar a otros, ella me crió y cuidaba de mí mientras mi mamá trabajaba, así que en algún momento la vida me llevó a cuidarla a ella también. Gran parte de quien soy es gracias a ella; compartimos una historia parecida de vida, sin embargo a mí se me ha permitido vivir muchas cosas que en su tiempo, ella no pudo hacer. 

Las mujeres hemos alcanzado grandes logros, pero aún nos falta. Por ellas, por nuestras madres, nuestras abuelas y  todas nuestras ancestras, todavía podemos seguir ganando terreno, es importante conocer la historia de ellas para agradecer  que estamos viviendo experiencias que a ellas no les era permitido; así que mi invitación es a que sigamos luchando para que nuestras nietas algún día también puedan decir: “Soy libre por mi abuela”. 

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